CAPÍTULO II DE ASTÚRICA, EL EXILIO DEL NORTE
El exilio del Norte
II
A mediados del siglo V los romanos entregaron la provincia Narbonense, en el Sur de la Galia, a los visigodos; con este gesto pretendían hacer válida la federatio que ligaba al pueblo godo con Roma. La estirpe baltinga por fin tenía un lugar al que llamar patria.
El puente cruzaba el cauce del río Eraur; el agua verdosa discurría entre los pilares carcomidos por el verdín y la erosión. El jinete aflojó el paso de su montura; en la margen contraria podía distinguir la empalizaba del fortín fronterizo. El estandarte de la casa de Witiza ondeaba en lo más alto de la atalaya que dominaba la entrada a la provincia.
–¡Alto! ¿Quién va? –Preguntó el centinela. El jinete se descubrió y al momento el joven soldado reconoció al rey.
–¡Akhila! ¡Akhila está aquí! –Anunció, poco antes de que los goznes del portón chirriaran para franquear la entrada al rey de los visigodos.
Ardón, Comes de Tolosa, salió al patio de armas de forma precipitada al recibir la noticia de la repentina llegada de su señor.
–Cuanto honor. –Saludó, al tiempo que se inclinaba ante la presencia del rey.
En realidad nadie sabía quien era el rey de los godos; la confusión tras la derrota de las huestes de Roderico en el Sur era tal, que nadie estaba seguro de lo que el futuro iba a deparar. Más aún cuando las noticias que llegaban de la Ciudad Regia eran desoladoras. La ciudad había sido abandonada a su suerte y los invasores avanzaban hacia sus muros como una oleada imparable.
Akhila desmontó de un salto. Llevaba días cabalgando, sin escolta ni guarnición; tras ordenar a su tío Oppas que permaneciera en Tarraco se encaminó hacia las tierras de la Galia Narbonense; su intención era asegurarse el apoyo de los nobles de la provincia. Aquella circunstancia era fundamental si quería entrar en Toletum con alguna posibilidad de ser nombrado rey. Una vez muerto Roderico y con la casa de Chindasvinto totalmente destruida, nada impediría que se alzase sobre el solio real. Pero necesitaba armas y soldados. Hombres fieles que cabalgaran junto a él.
Akhila miró a su alrededor; los hombres estaban bien pertrechados y las defensas guarnecidas de forma adecuada. Ardón se había encargado de tener sus fuerzas dispuestas para el combate.
–Veo con agrado que tus hombres están preparados para partir a la guerra en cualquier momento. En este momento nuestro deber es socorrer a los habitantes de la Ciudad Regia. Toletum está en peligro; el enemigo es poderoso y aguerrido. Necesitaré a tus mejores soldados, Ardón.
–Recibimos con pesar las noticias procedentes del Sur... La muerte del rey y el desastre de Asido. Sin duda, el hecho de que hayas sobrevivido es una señal divina... Majestad. –Las estudiadas palabras de Ardón cayeron en saco roto.
–No es el momento de halagos, Ardón. Quiero partir hacia Toletum en cuanto sea posible. –El Comes de Tolosa carraspeó levemente. Según él, la situación no era tan clara. Legalmente el rey había muerto sin sucesor; lo procedente era la convocatoria del Aula Regia Plena...y él era tan bueno como Akhila para ocupar el trono. ¿Quién tenía las tropas? ¿Quién gozaba con el beneplácito de los señores de la Narbonense? Y a fin de cuentas...¿quién era Akhila? Tan sólo un traidor que había abandonado a su rey en el campo de batalla. ¿Cuánto tiempo pensaba ocultar la verdad?
–Por supuesto, mi señor. Pero necesitaré al menos dos días para completar los preparativos; enviaré emisarios para que las distintas ciudades y aldeas de la provincia lleven a cabo las levas necesarias para formar un gran ejército. Salvaremos Toletum de esos infieles, mi señor.
–Tienes dos días, Ardón. Después partiremos hacia Tarraco; allí nos aguardan el grueso de mis fuerzas. Desde allí nos uniremos a las huestes de Teodomiro y avanzaremos hacia la Ciudad Regia. Espero llegar a tiempo de repeler el ataque de los ismaelias.
–Será como mandes, Akhila. –Al menos sería así mientras sirviera a sus intereses. Ardón no estaba dispuesto a dejarse sorprender. Sabía que Oppas tenía agentes desplegados por toda la provincia; el clero estaba a favor de la casa de Witiza y el antiguo obispo de Toletum no dudaría en emplear su influencia para socavar sus legítimas aspiraciones. Se había cuidado mucho de desvelar sus planes a nadie. Tan sólo cuando se encontrara en la Ciudad Regia junto a sus mesnadas, revelaría sus intenciones. De momento, cabalgar bajo los estandartes de Akhila le garantizaba conservar la vida. Después cada cual debería tirar sus dados.
Wilfredo desmontó y dejó que los palafreneros de Tarik se encargaran de la montura; el animal encabritado cabeceaba nervioso.
–Quiero ver al walí. –Anunció. Los guardias que custodiaban la entrada de la tienda lo miraron de hito en hito. A pesar de la ayuda prestada por parte del godo, no había logrado granjearse la amistad de los ismaelitas. Tan sólo Tarik confiaba ciegamente en él, incluso en contra de la opinión de sus capitanes, que veían en él a un traidor que actuaba según su conveniencia.
Después de la derrota de Roderico en los llanos de Asido, fueron muchos los caudillos locales que rivalizaron entre ellos por lograr el afecto de Tarik; como hormigas se derramaban a lo largo de las antiguas calzadas, para recibir en loor de multitudes al vencedor del rey de los godos. Los caciques hispanos de las ciudades béticas salían a las puertas de sus ciudades, entregando dádivas y presentes a los invasores. Sin embargo, Tarik tan sólo confiaba en Wilfredo.
–¡Qué Alah te guarde, hermano! –El walí recibió a Wilfredo sentado en una silla de cuero repujado, mientras bebía leche de camella en una copa de oro.
–¡Qué te de muchos años de vida, hermano! –Contestó el godo, sin poder disimular una sonrisa. –Veo que te has adaptado con facilidad al lujo romano.
–¿Has visto...? Todo esto son presentes del gobernador de Astigi. Un hombre adulador y extremadamente locuaz. Lastima que su garganta ya no pueda emitir sonido alguno. –Wilfredo torció el gesto; de repente recordó la hilera de cabezas decapitadas que se exhibían a las puertas del campamento ismaelita. Tarik podía ser un hombre cruel en extremo; debía cuidar su amistad, si quería conservar la cabeza sobre los hombros hasta la vejez.
–Veo que los notables de La Bética te han acogido con sumo agrado. Aún así creo que estás errando la estrategia. Estoy seguro de que te han hecho saber maravillas sobre tesoros ocultos, joyas y toda clase de maravillas. A buen seguro que te han prometido fidelidad y avituallamiento para tus tropas desde aquí hasta la Ciudad Regia. Pero te olvidas de una cosa; la corte de los godos es como la tela de una araña. Nobles aduladores, doncellas conspicuas, clérigos conspiradores... –Wilfredo tomó asiento frente a Tarik. –Te engañarán para que pienses que gozas de su amistad. No te confundas; has vencido a los godos en el campo de batalla, pero si quieres disfrutar de tu victoria tendrás que aguzar el ingenio para vencer su insidia. Durante años el morbo gótico ha servido para justificar traiciones, asesinatos y perversiones inimaginables. Créeme cuando te digo que, una vez que te asientes en el solio de la Ciudad Regia necesitarás a alguien que te prevenga sobre tus enemigos. –El caudillo berebere era un hombre poco locuaz; reflexionó en silencio las palabras de Wilfredo.
–Y según tú... ¿Qué debería hacer? –Interrogó al fin.
–No avanzar de momento sobre la Ciudad Regia. –Tarik se incorporó de un salto.
–¡Estás loco, godo! El ejército de Roderico está totalmente derrotado. Akhila y sus mesnadas se han retirado hacia el Norte; el Comes Casio se ha entregado con todas sus tropas e incluso ha solicitado ser convertido a la fe del Profeta. Gracias a él dominaremos por completo la península, hasta el valle del Iberus. Tal vez avancemos más allá de las montañas del Norte. Sólo necesito el beneplácito del califa de Damasco para culminar la conquista de Hispania. –Wilfredo contestó con una sonrisa la vehemencia del walí.
–Todo eso es cierto, pero si pretendes dominar por completo a los godos necesitarás algo que no te darán las armas...
–¿Qué es eso, si puede saberse? ¡Habla de una vez, me tienes en ascuas! –Un enorme esclavo negro asomó la cabeza desde el otro lado de la tienda, alarmado por las voces que surgían del interior. Tarik lo despidió con un gesto displicente.
–Según he podido saber a través de unos refugiados que se dirigían a Emérita, ha corrido el rumor de que la viuda de Roderico, Egilona, se ha refugiado con su séquito en la capital de la Lusitania. Según parece cientos de gardingos y bucelarios...supervivientes unos, deseosos de revancha otros, cabalgan hacia allí para jurar fidelidad a la reina de los godos. Incluso hay quien dice que Sinderedo y otros destacados miembros del clero están junto a ella. No conozco personalmente a Egilona, pero algo si puedo decirte; lo más probable es que reúna en torno a ella muchas más voluntades que Roderico. El pueblo llano la quiere, los godos la respetan por haber guardado silencio durante años ante el desprecio y la infidelidad del rey, y el clero necesita a alguien manejable para continuar obrando a su antojo.
–¿Y entonces...? –Volvió a preguntar Tarik, incapaz de disimular el estupor que le producían las palabras de Wilfredo.
–Deja que cabalgue hasta Emérita. Yo convenceré a Egilona de que lo mejor para Hispania es una fuerte unión entre godos y bereberes. Le alertaré del peligro que Akhila y su tío pueden suponer para el reino. –Tarik guardó silencio durante unos minutos, sopesando la oferta de Wilfredo. Tenía mucho que ganar y muy poco que perder; no obstante, no podía enviar a Wilfredo en solitario. Necesitaba dejar claro a Egilona y a su corte de aduladores godos, que él era Tarik, walí del Califa de Damasco. El nuevo amo de Hispania.
–De acuerdo. Te haré caso; pero no viajarás solo. He pensado en alguien para que te acompañe; alguien que represente de forma adecuada la autoridad del Califa ante la reina Egilona.



