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CAPÍTULO II DE ASTÚRICA, EL EXILIO DEL NORTE

lunes, 19 de diciembre del 2011 a las 15:57

 

El exilio del Norte

 

 

 

II

 

 

 

A mediados del siglo V los romanos entregaron la provincia Narbonense, en el Sur de la Galia, a los visigodos; con este gesto pretendían hacer válida la federatio que ligaba al pueblo godo con Roma. La estirpe baltinga por fin tenía un lugar al que llamar patria.

 

El puente cruzaba el cauce del río Eraur; el agua verdosa discurría entre los pilares carcomidos por el verdín y la erosión. El jinete aflojó el paso de su montura; en la margen contraria podía distinguir la empalizaba del fortín fronterizo. El estandarte de la casa de Witiza ondeaba en lo más alto de la atalaya que dominaba la entrada a la provincia.

¡Alto! ¿Quién va? –Preguntó el centinela. El jinete se descubrió y al momento el joven soldado reconoció al rey.

¡Akhila! ¡Akhila está aquí! –Anunció, poco antes de que los goznes del portón chirriaran para franquear la entrada al rey de los visigodos.

 

Ardón, Comes de Tolosa, salió al patio de armas de forma precipitada al recibir la noticia de la repentina llegada de su señor.

Cuanto honor. –Saludó, al tiempo que se inclinaba ante la presencia del rey.

En realidad nadie sabía quien era el rey de los godos; la confusión tras la derrota de las huestes de Roderico en el Sur era tal, que nadie estaba seguro de lo que el futuro iba a deparar. Más aún cuando las noticias que llegaban de la Ciudad Regia eran desoladoras. La ciudad había sido abandonada a su suerte y los invasores avanzaban hacia sus muros como una oleada imparable.

Akhila desmontó de un salto. Llevaba días cabalgando, sin escolta ni guarnición; tras ordenar a su tío Oppas que permaneciera en Tarraco se encaminó hacia las tierras de la Galia Narbonense; su intención era asegurarse el apoyo de los nobles de la provincia. Aquella circunstancia era fundamental si quería entrar en Toletum con alguna posibilidad de ser nombrado rey. Una vez muerto Roderico y con la casa de Chindasvinto totalmente destruida, nada impediría que se alzase sobre el solio real. Pero necesitaba armas y soldados. Hombres fieles que cabalgaran junto a él.

Akhila miró a su alrededor; los hombres estaban bien pertrechados y las defensas guarnecidas de forma adecuada. Ardón se había encargado de tener sus fuerzas dispuestas para el combate.

Veo con agrado que tus hombres están preparados para partir a la guerra en cualquier momento. En este momento nuestro deber es socorrer a los habitantes de la Ciudad Regia. Toletum está en peligro; el enemigo es poderoso y aguerrido. Necesitaré a tus mejores soldados, Ardón.

Recibimos con pesar las noticias procedentes del Sur... La muerte del rey y el desastre de Asido. Sin duda, el hecho de que hayas sobrevivido es una señal divina... Majestad. –Las estudiadas palabras de Ardón cayeron en saco roto.

No es el momento de halagos, Ardón. Quiero partir hacia Toletum en cuanto sea posible. –El Comes de Tolosa carraspeó levemente. Según él, la situación no era tan clara. Legalmente el rey había muerto sin sucesor; lo procedente era la convocatoria del Aula Regia Plena...y él era tan bueno como Akhila para ocupar el trono. ¿Quién tenía las tropas? ¿Quién gozaba con el beneplácito de los señores de la Narbonense? Y a fin de cuentas...¿quién era Akhila? Tan sólo un traidor que había abandonado a su rey en el campo de batalla. ¿Cuánto tiempo pensaba ocultar la verdad?

Por supuesto, mi señor. Pero necesitaré al menos dos días para completar los preparativos; enviaré emisarios para que las distintas ciudades y aldeas de la provincia lleven a cabo las levas necesarias para formar un gran ejército. Salvaremos Toletum de esos infieles, mi señor.

Tienes dos días, Ardón. Después partiremos hacia Tarraco; allí nos aguardan el grueso de mis fuerzas. Desde allí nos uniremos a las huestes de Teodomiro y avanzaremos hacia la Ciudad Regia. Espero llegar a tiempo de repeler el ataque de los ismaelias.

Será como mandes, Akhila. –Al menos sería así mientras sirviera a sus intereses. Ardón no estaba dispuesto a dejarse sorprender. Sabía que Oppas tenía agentes desplegados por toda la provincia; el clero estaba a favor de la casa de Witiza y el antiguo obispo de Toletum no dudaría en emplear su influencia para socavar sus legítimas aspiraciones. Se había cuidado mucho de desvelar sus planes a nadie. Tan sólo cuando se encontrara en la Ciudad Regia junto a sus mesnadas, revelaría sus intenciones. De momento, cabalgar bajo los estandartes de Akhila le garantizaba conservar la vida. Después cada cual debería tirar sus dados.

 

 

Wilfredo desmontó y dejó que los palafreneros de Tarik se encargaran de la montura; el animal encabritado cabeceaba nervioso.

Quiero ver al walí. –Anunció. Los guardias que custodiaban la entrada de la tienda lo miraron de hito en hito. A pesar de la ayuda prestada por parte del godo, no había logrado granjearse la amistad de los ismaelitas. Tan sólo Tarik confiaba ciegamente en él, incluso en contra de la opinión de sus capitanes, que veían en él a un traidor que actuaba según su conveniencia.

Después de la derrota de Roderico en los llanos de Asido, fueron muchos los caudillos locales que rivalizaron entre ellos por lograr el afecto de Tarik; como hormigas se derramaban a lo largo de las antiguas calzadas, para recibir en loor de multitudes al vencedor del rey de los godos. Los caciques hispanos de las ciudades béticas salían a las puertas de sus ciudades, entregando dádivas y presentes a los invasores. Sin embargo, Tarik tan sólo confiaba en Wilfredo.

¡Qué Alah te guarde, hermano! –El walí recibió a Wilfredo sentado en una silla de cuero repujado, mientras bebía leche de camella en una copa de oro.

¡Qué te de muchos años de vida, hermano! –Contestó el godo, sin poder disimular una sonrisa. –Veo que te has adaptado con facilidad al lujo romano.

¿Has visto...? Todo esto son presentes del gobernador de Astigi. Un hombre adulador y extremadamente locuaz. Lastima que su garganta ya no pueda emitir sonido alguno. –Wilfredo torció el gesto; de repente recordó la hilera de cabezas decapitadas que se exhibían a las puertas del campamento ismaelita. Tarik podía ser un hombre cruel en extremo; debía cuidar su amistad, si quería conservar la cabeza sobre los hombros hasta la vejez.

Veo que los notables de La Bética te han acogido con sumo agrado. Aún así creo que estás errando la estrategia. Estoy seguro de que te han hecho saber maravillas sobre tesoros ocultos, joyas y toda clase de maravillas. A buen seguro que te han prometido fidelidad y avituallamiento para tus tropas desde aquí hasta la Ciudad Regia. Pero te olvidas de una cosa; la corte de los godos es como la tela de una araña. Nobles aduladores, doncellas conspicuas, clérigos conspiradores... –Wilfredo tomó asiento frente a Tarik. –Te engañarán para que pienses que gozas de su amistad. No te confundas; has vencido a los godos en el campo de batalla, pero si quieres disfrutar de tu victoria tendrás que aguzar el ingenio para vencer su insidia. Durante años el morbo gótico ha servido para justificar traiciones, asesinatos y perversiones inimaginables. Créeme cuando te digo que, una vez que te asientes en el solio de la Ciudad Regia necesitarás a alguien que te prevenga sobre tus enemigos. –El caudillo berebere era un hombre poco locuaz; reflexionó en silencio las palabras de Wilfredo.

Y según tú... ¿Qué debería hacer? –Interrogó al fin.

No avanzar de momento sobre la Ciudad Regia. –Tarik se incorporó de un salto.

¡Estás loco, godo! El ejército de Roderico está totalmente derrotado. Akhila y sus mesnadas se han retirado hacia el Norte; el Comes Casio se ha entregado con todas sus tropas e incluso ha solicitado ser convertido a la fe del Profeta. Gracias a él dominaremos por completo la península, hasta el valle del Iberus. Tal vez avancemos más allá de las montañas del Norte. Sólo necesito el beneplácito del califa de Damasco para culminar la conquista de Hispania. –Wilfredo contestó con una sonrisa la vehemencia del walí.

Todo eso es cierto, pero si pretendes dominar por completo a los godos necesitarás algo que no te darán las armas...

¿Qué es eso, si puede saberse? ¡Habla de una vez, me tienes en ascuas! –Un enorme esclavo negro asomó la cabeza desde el otro lado de la tienda, alarmado por las voces que surgían del interior. Tarik lo despidió con un gesto displicente.

Según he podido saber a través de unos refugiados que se dirigían a Emérita, ha corrido el rumor de que la viuda de Roderico, Egilona, se ha refugiado con su séquito en la capital de la Lusitania. Según parece cientos de gardingos y bucelarios...supervivientes unos, deseosos de revancha otros, cabalgan hacia allí para jurar fidelidad a la reina de los godos. Incluso hay quien dice que Sinderedo y otros destacados miembros del clero están junto a ella. No conozco personalmente a Egilona, pero algo si puedo decirte; lo más probable es que reúna en torno a ella muchas más voluntades que Roderico. El pueblo llano la quiere, los godos la respetan por haber guardado silencio durante años ante el desprecio y la infidelidad del rey, y el clero necesita a alguien manejable para continuar obrando a su antojo.

¿Y entonces...? –Volvió a preguntar Tarik, incapaz de disimular el estupor que le producían las palabras de Wilfredo.

Deja que cabalgue hasta Emérita. Yo convenceré a Egilona de que lo mejor para Hispania es una fuerte unión entre godos y bereberes. Le alertaré del peligro que Akhila y su tío pueden suponer para el reino. –Tarik guardó silencio durante unos minutos, sopesando la oferta de Wilfredo. Tenía mucho que ganar y muy poco que perder; no obstante, no podía enviar a Wilfredo en solitario. Necesitaba dejar claro a Egilona y a su corte de aduladores godos, que él era Tarik, walí del Califa de Damasco. El nuevo amo de Hispania.

De acuerdo. Te haré caso; pero no viajarás solo. He pensado en alguien para que te acompañe; alguien que represente de forma adecuada la autoridad del Califa ante la reina Egilona.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ASTÚRICA, EL EXILIO DEL NORTE

sábado, 10 de diciembre del 2011 a las 22:03

Buenas noches, querid@s, después de mucho tiempo tengo el placer de comenzar en este blog la andadura de la segunda parte de La maldición de la casa sellada, que dio en estas páginas sus primeros pasos. Sin más os ofrezco el primer capítulo de: Astúrica, El exilio del Norte....

 

 

 

 

El exilio del Norte

 

 

I

 

 

El jinete detuvo su montura justo en el límite entre la llanura y el bosque. La barrera de árboles le amenazaba como una indescifrable premonición; negra, al igual que las fauces de un monstruo desconocido.

Hacia horas que había conseguido dejar atrás a sus perseguidores; consiguió dar esquinazo a la última patrulla de soldados bereberes, los cuales abandonaron la persecución al comprobar la pericia del fugitivo y su conocimiento del terreno. Varias veces había conseguido burlarles, ocultándose entre los riscos de la sierra y ganándoles la espalda, para aparecer después como un fantasma cabalgando por encima de los cerros cubiertos de flores amarillas.

Más allá del bosque se encontraban las murallas de Emérita Augusta; había decidido no seguir el cauce del Annas, para evitar las patrullas que continuamente vigilaban el tránsito de la calzada. En cada puente, en cada recodo del camino, los bereberes habían situado puntos avanzados que se dedicaban a esquilmar a los refugiados que, procedentes de Hispalis y Astigis, buscaban refugio en la capital de la Lusitania.

 

Estaba agotado y le dolían todos los huesos, sin embargo, el dolor que laceraba su hombro no le dejaba conciliar el sueño; desmontó en un calvero del bosque y dejó que el animal paciera a gusto entre los árboles cercanos. Olía a fresno y romero; a pesar de lo riguroso del verano, la arboleda le ofrecía una acogedora fresquera. Pronto pasaría la tarde. La noche, con sus fantasmas, se escondía tras la esquina del horizonte tiñendo de luto el campo. Y con ella, el miedo.

Se removió incomodo sobre el jergón de retamas. En otro tiempo, los sonidos del bosque le hubieran calmado; el ulular de la lechuza, incluso el lejano aullido de una madre loba formaban parte de su vida. Había pasado tanto tiempo desde que abandonara para siempre la cabaña del bosque, desde que borrara de su retina y de su memoria el cuerpo de Alana, que sentía miedo hasta del pálpito de la tierra bajo sus pies. ¿De qué valía conservar la vida? ¿De qué valía si nunca jamás regresaría a su casa, si estaba condenado a ser un fugitivo por el resto de sus días? Desde que despertara, rodeado de cadáveres horriblemente mutilados, había cabalgado hacia el silencio, hacia el infinito que se adivinaba al final de un túnel oscuro y tenebroso que tan sólo existía en su cerebro. Aquella noche decidió no huir más. Se quedaría allí, tendido; con un poco de suerte, sus heridas se abrirían y acabaría desangrado. Si no, los bereberes le encontrarían y su sufrimiento terminaría de una vez por todas. Moriría luchando, como un buen hijo de la sangre baltinga.

 

 

No es momento de añoranzas... –El buen Sinderedo habló, y su voz sonó como un silbido sin fuerza, abriéndose paso a través del denso silencio.

Egilona ni tan siquiera giró la mirada. Tenía los ojos fijos en la vastedad que se extendía ante ella; desde la torre más alta del alcázar de Emérita, la dehesa lusitana se perdía como una sucesión de vaguadas y collados que amarilleaban hasta el horizonte.

¿Qué habrá sido de él? –Preguntó en voz alta, aún a sabiendas de que se trataba de una pregunta condenada a no hallar respuesta. En los días claros podía distinguir las columnas de refugiados que buscaban el amparo de las murallas de Emérita. La presencia de la reina en la ciudad había hecho cundir la esperanza, pero... ¿Podría ella responder a esa esperanza? Tenía miedo.

No debéis temer nada, domina. No os abandonaremos. Los obispos y los nobles pronto estaremos en disposición de organizar un Aula Regia Plena. Habrá un nuevo rey...o quizás una reina. –Sinderedo pronunció sus últimas palabras con sumo cuidado.

¿Y Akhila? ¿Sabemos algo de él? –Preguntó Egilona, sin poder ocultar un ramalazo de miedo.

El traidor y sus huestes se dirigen a Toletum. Al parecer pretende entrar en la ciudad y reclamar su derecho al trono. A mi juicio ha cometido un fallo de estrategia. Los símbolos de la monarquía baltinga se encuentran en Emérita; Akhila no cuenta con apoyos suficientes para coronarse rey. A no ser que recurra a las armas y a sus nuevos aliados.

Habrá guerra. –Se lamentó Egilona. –Como si no se hubiera derramado suficiente sangre ya.

Tienes razón, dómina. –Admitió Sinderedo.

 

Pelagio miró hacia atrás. Paulus parecía cansado, incapaz de seguir el ritmo.

Nos detendremos a descansar allí, bajo aquellos chaparros. –Paulus miró hacia arriba y resopló.

Como quieras, domine...Majestad. –Pelagio sonrió.

Rey de nada y de nadie...Paulus. Deja de llamarme así. Sigo siendo yo, Pelagio, el aprendiz de herrero.

Como quieras, Maj... perdón, domine.

Pelagio alcanzó la cima del collado. Una arboleda de chaparros la coronaba ofreciendo una agradable sombra a los dos viajeros. Se arrellanaron sobre la corteza rugosa de uno de los árboles. Comieron frugalmente; algo de pan y queso. Bebieron agua; el vino se les había acabado hacía días.

El agua estropea los caminos y pudre la madera... –Afirmó Paulus con rotundidad.

¡Ja, ja, ja! Tienes razón, buen Paulus. Pero de momento no nos queda otra que trasegar agua.

Pues ni eso podremos, domine. Se acabó el agua. –Paulus comprobó que el pellejo estaba vacío; unas gotas salpicaron las piedras caldeadas por el sol.

Habrá que buscar un regato por aquí...no podemos continuar nuestro viaje sin agua. –Paulus intentó incorporarse, pero una dolorosa punzada le obligó a doblarse por el espinazo.

Descansa, buen Paulus. Yo me encargaré. Estás tierras están sembradas de veneros de agua dulce. –Pelagio echó mano del pellejo de Paulus y se lo echó a la espalda. Después inició la andadura cuesta abajo; la tierra reseca se resquebraba bajo sus pies, provocando una riada de cascotes y guijarros que se desprendía ladera abajo. Pelagio, en medio de una polvareda anaranjada, se perdió de vista.

 

Después de caminar durante un buen rato, atravesó una estrecha franja de terreno al descubierto. Por un momento sintió la incertidumbre de que alguien le observaba. Tal vez fuera avanzadilla de los bereberes; debía andarse con cuidad, de modo que se acuclilló entre la hierba alta y esperó unos minutos. Al poco sintió como la tierra retumbaba bajo sus pies. Debían ser al menos diez jinetes; la antigua calzada discurría lejos de allí, así que Pelagio pensó que no debía tratarse de soldados ismaelitas. Levantó la cabeza sólo un instante, lo justo para atisbar unos metros por delante de su posición. Distinguió la vanguardia de un grupo de jinetes que se perdía a lo lejos, cabalgando a través del herbazal sin reparar en lo abrupto del camino.

Por su aspecto debía de tratarse de bucelarios de alguno de los señores de la provincia. Cabalgaban hacia Emérita evitando la calzada y caminos principales. ¿Estarían reagrupándose las fuerzas de Roderico en la capital de la Lusitania? Un pellizco de inquietud le cortó la respiración durante un instante.

Una húmeda umbría precedía al bosque. Como si estuviera penetrando en un mundo desconocido, Pelagio fue ralentizando sus movimientos, atento a los sonidos, a la respiración que parecía emanar de cada árbol igual que un suspiro profundo; un vaharada rancia que le invadía las fosas nasales.

Al otro lado del lindero del bosque, el atardecer se reinventaba en una sucesión de colores que adormecía las almas. Paulus, desde lo alto del collado, miró al cielo y rezó por Pelagio...por todos.

 

Pelagio dio un paso en falso y la retama quebró. Ni un sólo movimiento que hiciera pensar que el caballero aún vivía. Probablemente no había podido más; herido durante la batalla habría cabalgado hasta allí, para acabar sus días en soledad, lejos de los suyos. Muerto en un bosque desconocido, atemorizado por la llegada de los espectros de la noche. Algo más confiado se aproximó con cautela.

Cuando llegó a la altura del cuerpo avanzó la punta de la espada. Justo en ese momento, el caballero se revolvió con violencia, echó mano de una espada corta que ocultaba bajo su capote y desarmó con rapidez a Pelagio.

¡Aguarda, aguarda! ¿Gundesvinto...eres Gundesvinto? –Tan sólo habían pasado unas jornadas desde la batalla de los llanos de Asido, y los recuerdos parecían ya tan lejanos que difuminaban los rostros y las imágenes con la niebla del olvido.

¿Pelagio? ¡Por Dios santo! ¡Pelagio, estás vivo! –Gundesvinto no pudo evitar que las lágrimas afloraran a sus ojos, igual que si fueran dos regueros de desesperación y rabia. –¿Cómo has llegado hasta aquí? Te hacía muerto en Asido.

Pues ya ves. No estoy muerto.

¡Ja, ja, ja! Ya lo veo, muchacho. Ya lo veo. –Al romper a reír, Gundesvinto sintió un terrible dolor entre las costillas. Al momento notó el cálido fluir de la sangre y reparó en que estaba herido. –¡¡Ugg!! –Se quejó Gundesvinto, al tiempo que hincaba las rodillas en la tierra.

Gundesvinto, ¿estás bien? Por todos los santos, ¿estás herido? –Gundesvinto no pudo articular palabra; la perdida de sangre y el dolor lo sumieron en una profunda inconsciencia. Se derrumbó a los pies de Pelagio, más muerto que vivo.

 

 

 

Capitulo xv de "fauces": morder y no soltar

domingo, 02 de mayo del 2010 a las 15:11

                                                XV

 

 

                       MORDER Y NO SOLTAR

 

 

     Mimoun abrió los ojos; al moverse notó una fuerte punzada en la cintura, la ciática otra vez. Llevaba dos días durmiendo con los riñones pegados al suelo, pero ella no lo sabía, había perdido la noción del tiempo.

     La puerta del calabozo se abrió con la misma puntualidad que el día anterior; el sol comenzaba a filtrarse, junto con una extraña mezcla de sonidos, por los ventanales a ras de suelo de la galería donde estaban ubicadas las diminutas celdas.

     -Venga, Mimoun. Tómate el café rapidito que te están esperando. –La mujer se incorporó a duras penas; el calambre que le recorría la pierna le impedía moverse con soltura.

 

     La oficina de instrucción de diligencias estaba situada en unas dependencias anexas a las de la Unidad Orgánica de Policía Judicial. El despacho estaba parcamente amueblado; tan sólo una mesa, un ordenador y tres sillas. Lo justo.

     Mimoun se arrastró como pudo por la galería, paso junto a la sala de reseña y enfiló el pasillo que comunicaba con la oficina. Por allí abajo había poca gente, tan sólo un par de agentes ocupados en sus labores; la miraron con indiferencia al verle pasar y siguieron con lo suyo.

     El agente que la custodiaba la ayudó a sentarse; el dolor era cada vez más intenso.

     -Me duele la espalda. –Se atrevió a decir. El agente se encogió de hombros y adoptó una postura expectante. A los pocos minutos Mimoun pudo distinguir rumor de conversaciones en el pasillo.

 

     El inspector jefe Irusta entró en el despacho. Sin mayores consideraciones se sentó frente a Mimoun.

     -Vaya, vaya. Así que tú eres Mimoun. Encantado de conocerte. Soy el inspector jefe Irusta, de Asuntos Internos. Te preguntarás qué demonios pinto yo aquí ¿no es cierto? –Mimoun ni siquiera pestañeó.

     -Verás, el asuntillo que te traes con los llanitos me importa un carajo. –Irusta miró de reojo al cabo de la Guardia Civil que observaba desde la puerta. –Pero hay un par de flecos que si me interesa aclarar; para empezar, ¿qué tipo de relación mantienes con el subinspector Madariaga? y ¿qué pinta él en vuestra organización? Tienes todavía veinticuatro horas para pensar; mañana por la mañana te pondrán a disposición judicial. Dime lo que quiero saber o yo mismo hablaré con el Fiscal Antidroga… Delito contra la salud pública, cuatro años, red organizada, un par de añitos más y cohecho…ponle tres años. ¡Ah, se me olvidaba la guinda final!, ¿sabes qué los dos moritos que iban en la planeadora estaban tiesos de papeles? Delito contra el derecho de los trabajadores…la cosa se pone fea ¿verdad?

     -Yo no sé nada de ése subinspector. Yo sólo soy una pobre matutera. –Se defendió Mimoun.

     -¡Cállate de una puta vez! –Exclamó Irusta golpeando la mesa con el puño cerrado; la luz del flexo parpadeo un instante.

     El guardia civil se decidió a intervenir.

     -Irusta, la detenida está bajo nuestra custodia…

     -Claro, claro. Ustedes los guardias como siempre… ¿cómo los llaman? Ah sí, beneméritos. En fin, toda suya. –Irusta se levantó y se dispuso a abandonar la sala.

     -Piénsalo, Mimoun. –Advirtió antes de salir de la habitación.

 

 

     Sabía que tarde o temprano acabaría de nuevo en un lugar como aquél…

 

     Hospital Militar Gómez Ulla, Madrid 1980.

     La enfermera era una muchacha escurrida y de movimientos nerviosos.

     La primera vez que Celso abrió los ojos sintió una punzada de angustia; las paredes inmaculadas, las camas perfectamente alineadas y las sábanas blancas pulcramente plisadas le hicieron estremecer. Intentó moverse y entonces cayó en la cuenta; el recuerdo acudió a su memoria como el destello de una explosión. Se alegró de sentir dolor, al menos estaba entero.

     -No se mueva; si se le sale la vía tendremos que empezar de nuevo. –La muchacha le sonrió con franqueza. Llevaba una de esas faldas de tabla, un poco más debajo de la rodilla, y un gracioso gorrito con el emblema de la cruz roja.

     -No tema, no podría ir muy lejos. –Se lamentó Celso, dejándose caer sobre la almohada.

     -¡Y qué yo no me entere! –La muchacha vertió agua en un vaso y le dio de beber con delicadeza.

     -Eres un sol, rubita.

     -Y tú un descarado, panocha. –Los dos rieron al unísono, hasta que una monja con pinta de mala uva se asomó a la entrada de la galería.

     -¡Shhhh! Estamos en un hospital; guarden la compostura, por favor. –Espetó airada.

 

     Celso se asomó al balcón. La calle estaba desierta; al fondo de la Avenida España distinguió las luces anaranjadas del camión de recogida de basura. El bar de abajo todavía estaba abierto; sintió la necesidad de contacto humano, así que no se lo pensó dos veces, se puso la chaqueta y bajó a la calle.

     Varios parroquianos con pinta de aburridos estaban entretenidos con un partido de fútbol. Celso se detuvo frente al televisor un instante, comprobó que no le interesaba y se acodó en la barra.

     -Una cerveza y una de bravas. –Pidió sin mirar a la cara al camarero. -¿Tiene la prensa de hoy? –Preguntó mirando alrededor suya.

     El camarero, un tipo canijo con planta de borrachín, sacó un ejemplar del “Europa Sur” de debajo del mostrador.

     Hojeó con desgana las primeras páginas; política, economía, crisis…más de lo mismo. Buscó la sección dedicada a Algeciras, tal vez allí encontrara algo interesante con lo que entretenerse.

     El titular le sacó de sus casillas.

     El cadáver de una muchacha de apenas diecisiete años había aparecido en los pinares que rodeaban la Colonia de San Miguel. Se guardó el periódico debajo del brazo y salió atropelladamente del local.

     -¡Eh! ¿Esto quién lo paga? –Le espetó el camarero.

     -¡Tú puta madre! –Se oyó desde la calle.

 

     Celso extendió el periódico sobre la mesilla del comedor, al tiempo que tecleaba nervioso el número de teléfono de Pablo.

     Aguardó con impaciencia mientras una musiquilla estúpida le mantenía a la espera.

     -¿Pablo, eres tú?

     -Claro que soy yo, ¿se puede saber qué quieres? Estaba a punto de sentarme a cenar…

     -¿Estás con él…? –Quiso saber; al instante se arrepintió de su curiosidad. –En fin, no importa. ¿Has leído hoy el periódico? ¿Sabes lo de la muchacha muerta en la Colonia de San Miguel? –Fulminó a Pablo una pregunta tras otra.

     -Sí, lo sé. Ya estoy en ello. –Contestó Pablo, después de sopesar la respuesta durante unos segundos.

     -¿Puede saberse por qué no me has dicho nada? –Quiso saber Celso con un ramalazo de ira en sus palabras.

     -Mañana hablamos, Celso, mañana. –Pablo colgó el teléfono dejando al subinspector Madariaga con la palabra en la boca.

 

     Sabía que tarde o temprano acabaría en un lugar como aquél.

 

     El día que salió del hospital no quiso volver la vista atrás. Tenía que utilizar muletas para caminar; esquirlas de metralla se habían quedado incrustadas en el fémur de su pierna derecha y todavía se podían ver claramente los efectos que la deflagración y la pólvora habían dejado en su rostro. Aún así estaba pletórico, era la primera vez en dos meses que podía respirar aire libre, que podía contemplar el mundo en toda su extensión, lejos del marco de la ventana que le había estado limitando como a un pájaro en su jaula.

     Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta de pana; el tacto del trozo de papel le reconfortó. Se las había apañado para sacarle el número de teléfono a Marisa, la esmirriada que le había estado cuidando durante su convalecencia en el hospital militar. Sin duda era el principio de una bonita historia.

 

     -Al final…no todo en la vida es color de rosa. –Murmuró entre dientes antes de arrellanarse en el sillón. Había renunciado a dormir en la cama de su dormitorio; aquella soledad le traía demasiados recuerdos y el rumor nocturno de la calle le mecía suavemente ayudándole a quedarse dormido.

 

 

     La llamada del comisario Corzo le sorprendió en medio de un desbarajuste mental de dimensiones desconocidas.

     -¡Te digo qué no pienso tragar con más tonterías! Si quieres casarte conmigo, bien…pero no estoy dispuesto a ceder ni un ápice más con la paranoica de tu madre. ¿Te ha quedado claro? Te dejo, tengo una llamada en espera; es importante.

     -Subinspector Ibor al habla ¿Quién es? –La inconfundible voz del comisario Corzo le conminó a personarse de inmediato en su despacho.

     -De acuerdo, déme media hora…cuarenta y cinco minutos a lo sumo.

 

     Benigno Corzo guardó silencio mientras el inspector jefe Irusta exponía de forma metódica sus dudas.

     -Dudo mucho que se haya marchado muy lejos. Conozco bien a Madariaga; es un animal de costumbres y está completamente obsesionado con Fauces. Quiero que ponga a todos sus hombres a buscarle, es prioritario…el nombre de la institución está en juego. La Guardia Civil piensa que actuamos por corporativismo y que les estamos ocultando su paradero a conciencia. Éste asunto puede causarle muchos problemas con los jefazos, Corzo; el Comisario General le tiene en mucha estima…pero si los políticos se meten por medio estará acabado, literalmente.

     -Ya veo que entiende mucho de política, Irusta. –Se decidió a replicar.

     -No me malinterprete, Corzo. Madariaga me gusta tanto como a usted…

     -¡Eh, alto ahí! Madariaga será lo que sea, pero nadie en esta comisaría podrá poner en duda que ha sido…es un buen policía. ¿Ha sacado algo en claro del interrogatorio de su querida? –Preguntó enarcando las cejas con aire suspicaz.

     -Entiendo. –Irusta tomó asiento en uno de los sillones de piel que vestían el despacho del comisario. –Nada, ni una palabra; la mora los cojones es completamente hermética. –Corzo no pudo evitar detectar un gesto de desagrado en la expresión de Irusta.

     -Ya, lo suponía. –El comisario conocía de sobra la capacidad innata de Madariaga para ganarse el afecto de sus compañeros. Si Mimoun tenía algo que ver con él, jamás lo delataría, estaba seguro.

 

     El subinspector Ibor se arregló la corbata frente al espejo; los servicios de la Inspección de Guardia olían a orines reconcentrados; era lunes por la mañana y nadie los había limpiado en todo el fin de semana. Cuando quedó conforme con su aspecto salió con paso decidido.

 

     -Con su permiso, señor comisario. –Ibor asomó la cabeza dentro del despacho con curiosidad. Intuía que Corzo no se encontraba solo.

     -Pase, pase. Cierre la puerta, por favor. –Nada más entrar en el despacho, Pablo se topó con la mirada de reproche del inspector jefe Irusta.

     -Comisario. Jefe. –Saludo intentando mostrarse conciliador con ambos. Sabía que le iba a caer una buena.

 

     -Iré al grano, Ibor. ¿Dónde está Madariaga? Ha desaparecido de la noche a la mañana; ésta situación no le favorece en absoluto…si de alguna manera puede contactar con él…

     -Vamos, comisario. Parece mentira que a estas alturas te la quieras coger con papel de fumar. Subinspector, le ordeno que revele el paradero de Madariaga de inmediato, de lo contrario aténgase a las consecuencias. –Irusta dio un salto y se puso de pie. Pablo, desconcertado, no supo que decir; miraba alternativamente al comisario y al inspector jefe, sin saber muy bien que hacer.

     -¡Irusta! Deja de tocar los cojones. Mientras el Comisario General no disponga lo contrario, aquí el único que da órdenes soy yo. Sal de aquí antes que te meta un puro. Si quieres puedes ir a llorar en las faldas del que te la está metiendo por el culo en los ratos libres… Disculpe, Ibor. No quería… -Ibor sonrió tímidamente; el comisario le había echado un buen capote.

     -Está bien, Corzo. Tú lo has querido, después no te quejes. –Irusta abandonó el despacho del comisario cabreado como un mono. Si lo que Corzo quería era hundirse en la misma mierda que Madariaga, eso sería lo que tendría.

 

     -Bueno, estamos solos, Pablo. –El comisario se encaró con el subinspector Ibor; su rostro reflejaba cualquier cosa menos amabilidad.

     -¿Dónde está? No crea que por el hecho de haberle echado una mano con ése gilipollas de Irusta, se va a ir usted de rositas.

     -No lo…

     -¡Cojones, con no lo sé! ¡Se cree usted que soy imbécil! Nada más terminar nuestra última reunión ordené ponerle un rabo, lo sé todo. Quiero oírle decir dónde mierda está; sólo así podré confiar en ustedes dos. –Pablo intentó tragó saliva, pero tenía la boca más seca que el esparto.

     -Está escondido en uno de los pisos francos de la UDYCO, en San José Artesano. Discúlpeme, señor comisario…no puedo creer que Celso tenga nada que ver en ésa historia de contrabandistas y narcotraficantes. Es cierto que andaba liado con gente poco recomendable…pero estoy seguro que no ha cruzado la línea. ¡Venga ya! Pasamos casi todo el día juntos; por fuerza habría notado algo sospechoso.

     -Ibor, si algo he aprendido en todos estos años de carrera es a no fiarme ni de mi madre. No obstante le doy la razón; conozco a Madariaga desde hace años, es un hombre íntegro…una cosa es echarle un par de polvos a una matutera, para curar heridas, y otra muy distinta meterse en berenjenales raros. En fin…cuide de él. Ahora vamos a meternos en materia. ¿Ha oído lo del asunto de la Colonia San Miguel? –El subinspector Ibor asintió. La prensa local lo había cacareado a todo meter; relacionaban el tema con la muerte de Carolina Sainz.

     -Todavía no se ha realizado la autopsia; estamos pendientes de recibir el informe pericial del forense, pero algo me dice que al final Madariaga tenía razón. Fauces ha vuelto.

     -Señor comisario, tengo que confesarle una cosa. Celso…el subinspector Madariaga y yo estábamos investigando el caso de Carolina Sainz siguiendo ésa línea. Nestor Linás ha desaparecido; hace unos días me entrevisté con el Subdirector de Régimen de Botafuegos. Conseguí sonsacarle un poco y acabó revelándome el lugar dónde trabaja, el Motel Yucatán. He estado vigilando unos días por mi cuenta…se ha esfumado, señor. Fauces está descontrolado.

     El comisario Corzo se asomó a la ventana de su despacho. Desde allí podía vislumbrar el incesante tráfico que recorría la autovía. El cielo gris se cernía sobre la ciudad como un mal presagio.

     -Cazadlo. Haced lo que tengáis que hacer, pero cazadlo. –Las palabras de Benigno Corzo sonaron a súplica.

     -Descuide, comisario. –Ahora ya no cabía duda, estaban en medio de una carrera contra reloj, y Fauces les llevaba una considerable ventaja.

     -Por cierto, procure mantener controlado a Madariaga; evite que se meta en más líos.

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Capítulo xiv de "fauces"

martes, 27 de abril del 2010 a las 13:29

 

                                      XIV 

 

 

                                  HAMBRE

 

 

 

     Deseo estar en su pellejo. Cuando el viejo Ford amarillo se detuvo frente a la entrada de la Escuela Secundaria, Susana suspiró y puso cara de tonta; era la misma cara que exhibía sin pudor desde hacía dos meses.

     La chica rubia se llamaba Melinda; bajo los escalones como una actriz de cine, se movía como una sirena. Aquél culo sería la envidia de cualquier chica mortal; por un segundo imagino unas nalgas firmes, capaces de hacer rebotar sin problema una moneda de euro.

     El Ford amarillo carraspeó como un anciano tísico y se perdió al fondo de la alameda que conducía al acceso principal de la autovía. Susana corrió todo la rápido que se lo permitían sus rechonchas piernas. Se odió a sí misma otra vez; era una gorda, una gorda sebosa que nunca sería capaz de atraer la atención de una diosa como la chica rubia. Se apoyó en una señal de tráfico para recuperar el resuello. Aquella tarde ya no la vería más.

 

     Rondaba los dieciocho; era una chica paliducha con tendencia a tener granos; solía reventárselos frente al espejo del cuarto de baño, mientras el agua caliente formaba una nube de vaho que la calentaba por dentro y por fuera. Le gustaba quedarse allí durante mucho rato; a veces se dejaba llevar por las imágenes delirantes que rellenaban los huecos vacíos de su personalidad y se masturbaba pensando en Melinda, la chica rubia de sus sueños.

 

     Nestor conectó el sistema informático de su ordenador al Messenger. La ventana apareció parpadeando levemente.

     -¿Cómo estás? DDD. –Tecleó con rapidez. Tuvo que esperar un rato hasta obtener una respuesta al otro lado de la conexión.

     -Aburrida como una perra XD. –Leyó en la pantalla; eran letras azules y rosas, rodeadas de emoticones que parecían bailar alrededor del mensaje, haciendo muecas y carantoñas de todo tipo. -¿Y tú?

     -Igual. Esto es un coñazo. –Volvió a teclear. -¿Por qué no pones la cámara web?

     -¡Ja, ja, ja! Eres un cerdo. DDD. –Nestor se fijó en uno de aquellos emoticones. Era un bicho verde que sacaba la lengua y guiñaba el ojo de modo intermitente. –Está bien, pero no te acostumbres.

 

     La muchacha apareció al instante. Al fondo se podía distinguir una habitación en penumbra. Había cerrado la ventana y echado las cortinas; tan sólo la luz tenue de un flexo alumbraba la imagen.

     -Mira que estás buena. –Escribió con mano temblorosa. Tenía hambre, podía sentirlo. Su estómago se contraía en medio de unos dolorosos espasmos. Más abajo la sensación era de opresión y calor…mucho calor.

     La chica se incorporó y su rostro desapareció de repente por la parte superior de la pantalla. Tan sólo podía distinguir su torso casi desnudo. Se había levantado la camiseta hasta dejar los pequeños senos al aire. Sus manos se movían imitando la sensual danza de un reptil.

     Nestor echó el cuerpo para atrás; la tensión acumulada en su entrepierna le impedía casi respirar. Se abrió la bragueta y dejó llevar por su instinto.

     La muchacha se quitó las bragas y se acarició el pubis sin pudor. Duró apenas un par de minutos, lo justo para que ambos se desfogaran compulsivamente.

 

     -Ha estado muy bien. –Escribió Nestor; intentó buscar uno de aquellos emoticones, pero finalmente desistió.

     -Ya sabes que tienes que hacer, ¿no? –Leyó en la pantalla.

     -SIP… ¿en la misma cuenta de siempre? DDD

     -Eso es. Cincuenta euritos. Ahora me voy. XD.

 

     Se habían mudado tan sólo un par de meses antes. La nueva residencia era mucho más amplia y ventilada. Por fin tenía un bonito jardín y amplios ventanales desde los cuales podía contemplar el mar. La playa de La Alcaidesa se adivinaba como un pedazo de cielo que se hubiera derrumbado sobre la arena de la playa.

     Melinda salió de puntillas a la terraza; con la punta de los dedos sentía la leve rugosidad de la tarima de madera. Llevaba el pelo suelto, casi hasta la cintura. Era una cascada suave que se derramaba a lo largo de su espalda. Deseo sentir la cálida sensación de la arena entre sus dedos, así que no pudo reprimirse por más tiempo.

     Abrió la puerta de cristal que, desde la trasera, daba acceso a la playa; caminó por la arena con aire descuidado. La tarde decaía con el sopor del ocaso en otoño, tan sólo una pandilla de muchachos jugaba al fútbol a unos metros de ella. Sin mirarles supo que la observaban; no hubo comentarios.

     El temporal que azotó el Estrecho de Gibraltar la semana anterior, había sembrado de algas putrefactas la orilla. El olor que despedían se mezclaba con el aire salino pegándose a la pituitaria. Melinda camino un buen rato por la orilla, con los pies descalzos y la mirada perdida en la esquina del horizonte, donde el rebalaje parecía perderse en un punto diminuto y lejano.

     Estaba tan ensimismada que no se dio cuenta; el muchacho acababa de ponerse a su altura.

     -Hola.

     Melinda se detuvo sorprendida.

     -¿De dónde has salido? –Quiso saber mirando al extraño con sus ojos color miel.

     -Veras, estaba jugando al fútbol con mis colegas y no he podido evitar fijarme en ti. Si te molesto no tienes más que decirlo y me marchare. –Mintió Nestor.

     Melinda decidió perder cinco segundos en observar detenidamente a su repentino asaltante. No era gran cosa, y desde luego no era su tipo. Sin embargo había algo en su sonrisa que embaucaba. Pensó que tal vez podía darle la oportunidad de defenderse. Nunca se sabe.

     -¿Cómo te llamas? –Preguntó Nestor con aire inocente.

     -Me llamo Melinda. ¿Y tú?

     -Me llamo Nestor, ¿puedo invitarte a tomar algo? –Melinda sonrió ante el ofrecimiento.

     -Está bien, acepto. Pero sólo un refresco, mis padres me están esperando y se preocuparan si tardo demasiado en regresar a casa.

     -Por supuesto, no quiero causarte problemas con tus viejos…perdón, tus padres. –La cosa empezaba bien, el chico era educado, el tipo de chico que le puedes presentar a tus padres.

     Mientras se alejaban de la orilla en dirección a una coqueta cafetería situada en el paseo marítimo de La Alcaidesa, Nestor sintió como su estómago se retorcía hambriento. Tenía hambre, cada vez más hambre.

     La cafetería era un lugar acogedor, pequeño, pero acogedor. El salón estaba ocupado por varias mesas, lo suficientemente dispersas como para proteger la intimidad de los clientes. La camarera les observaba mientras se aproximaban a la barra.

     -Buenas tardes, Susana. Ponme una Pepsi. –Susana evitó cruzar su mirada con la de Melinda. Había tanto odio en ellos que difícilmente podría disimularlo.

     -Yo quiero otra. –Pidió Nestor, sin dejar de contemplar los carnosos labios de Melinda; eran como una flor al amanecer, justo antes de abrir sus pétalos.

     Conversaron durante un buen rato; Melinda se fue soltando poco a poco, confiada con el tono adulador y romántico de Nestor.

     -Tengo que irme ya. –Dijo con aire tristón; llevaban hablando más de una hora.

     -Claro. ¿Por qué no me das tu número de teléfono? A lo mejor podemos quedar para otro día, sin tantas prisas. –Sugirió Nestor.

     Melinda cogió una servilleta y garabateó algo en ella, después se la ofreció a Nestor con una sonrisa maliciosa bailoteando en su cara.

     -Llámame cuando quieras.

 

     Melinda bajó las escalinatas del la Escuela Secundaria como una actriz. El Talbot Horizont color oro la esperaba con el motor encendido; abrió la puerta del copiloto y saludó desenfadada.

     -Hola. –Nestor apartó un cojín de color desvaído para que la chica pudiera sentarse. El aire canalla de aquel cacharro despertó la curiosidad de la muchacha.

     -¿Dónde vamos? –Preguntó con aire inocente.

     -Donde tú quieras, preciosa. –Se había peinado cuidadosamente y tenía un aire intelectual poco habitual en él.

     Nestor condujo durante unos minutos por la autovía, en dirección a Algeciras; a la altura de un concesionario de la marca Peugeot, se desvió a lo largo de un carril que daba acceso a un residencial de chalets y adosados de reciente construcción. Pasó de largo hasta internarse en una zona de pinares alejada de la urbanización.

     Nestor se detuvo en un claro salpicado de barbacoas y merenderos. No había nadie a la vista.

     -¿Por qué me has traído aquí? –Preguntó Melinda; al girarse hacia Nestor mostró la tenue línea de su escote. Los pezones se le habían puesto duros por la tensión sexual y se notaban a través del tejido de la camisa.

     -¿Tú que crees? –Nestor deslizó su mano entre los muslos de Melinda; la chica dio un respingo.

     -¿No quieres? Sólo tienes que decírmelo y nos vamos. –Nestor arrancó de nuevo el motor del vehículo.

     -No, no. No es eso. Es que tienes las manos muy frías. –Melinda rodeó a Nestor con sus brazos; el pelo le olía a recién lavado y pudo sentir su respiración agitada.

     -Pon la mano aquí. –Sugirió Nestor con una risilla nerviosa.

     Melinda se dejó llevar y colocó su mano en la entrepierna de Nestor; tan sólo con el leve contacto, se estremeció visiblemente.

 

     A Susana no le resultó demasiado difícil seguirles. Estacionó la Vespa en un lugar apartado, detrás de un contenedor de basura, y se aproximó con cautela apostándose tras unas retamas.

     Advirtió los movimientos sincrónicos del Ford, promovidos por los cascados amortiguadores del vehículo.

     -Puta perra. –Masculló entre dientes. Se mordió los labios para no gritar, hasta que pudo notar el sabor metálico de la sangre colmándole la boca. Pugnando por no llorar se quitó de en medio corriendo, arrancó la Vespa y se perdió entre los pinos, nuevamente en dirección a la autovía.

 

 

 

 

La isla; cuarto puesto en el certamen bubok de relatos

lunes, 26 de abril del 2010 a las 16:26
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                                                  LA ISLA

 

 

 

     Las olas son movimientos ondulatorios del agua provocados por la fricción del viento; es éste un hecho científico constatado, más allá de la poesía, más allá del rumor y del tacto viscoso de las algas bajo mis pies.

     Al igual que las personas, dependiendo de las circunstancias del entorno, las olas varían su conducta: pueden ser suaves como las caricias de una mujer o violentas como la pasión más vil. En éste punto he llegado a la conclusión de que las olas son mera poesía. No sé si debo tomar nota de mis percepciones de forma tan clara; alguien podría pensar que estoy rematadamente loco.

     Los rayos del sol inciden de forma oblicua sobre el reflejo metálico del mar. Las diminutas partículas de agua que quedan en suspensión forman un entramado de colores. Un dibujo en continuo movimiento.

     Desde mi posición, el “Albatros” se divisa como una imagen difusa e irreal. Forma parte del pasado; el agradable crujido de su tablazón y el vaivén sobre cubierta, al compás de un rítmico dos por dos, son tan sólo una impresión pretérita en mi memoria.   

     En algún sitio leí que Marco Polo los llamo “antropófagos con cara de perro”, quizás en la Enciclopedia Británica. Es evidente que Marco Polo tenía más de poeta que de científico. Tal vez jamás pusiera un pie en esta orilla, tal vez jamás divisara desde lo alto del trinquete el contorno pacífico de esta isla.

 

     Llevamos dos meses en la playa. Nada más arribar el capitán Edgar Orly ordenó fondear el falucho frente a la costa; las provisiones habían empezado a escasear y algunos miembros de la tripulación estaban afectados por el escorbuto.

     Después de comprobar la derrota del rumbo y las cartas de navegación, Orly aseguró que nos encontrábamos en algún punto entre el cabo de Negrais y el extremo Norte de Sumatra.

 

     Los isleños nos han recibido con suspicacia; cualquiera sabe el recuerdo que guardan de los blancos en los anales de su historia. Físicamente presentan pocas diferencias con otros indígenas de las islas que salpican las aguas del Índico; son delgados, de piel oscura y pelo rizado. Además gozan del privilegio de la inocencia, ya que parecen estar exentos de pudor alguno. Tanto hombres como mujeres van desnudos y no hay, o al menos yo no los he visto, niños. ¿Están condenados a la extinción? Puede ser, a fin de cuentas hoy estamos aquí y mañana no.

      La playa es una frontera y a la vez un lugar de encuentro. Una raya en el agua. Inapreciable.

     Orly es un hombre adusto, aunque de buen corazón. Sabe que dependemos del carácter afable de los indígenas para sobrevivir, pero no quiere que los hombres se dejen embaucar por sus costumbres. Varios marineros han sido recluidos en la bodega del falucho por congeniar con mujeres. El pecado de la carne no existe entre estas gentes; sus hembras son extrovertidas y alegres.

      El recuerdo de la frágil Emily se hace patente a cada instante; la palidez de su rostro, enmarcado por una cabellera azabache, me cohíbe y atenaza. Recuerdo levemente una tarde nubosa; el predio del reverendo Lynch, limitado por muros de piedra vista salpicadas de musgo amarillento, acogiendo a las señoras del pueblo de Berwyn. Bizcocho y té frío para sobrellevar el sofoco de la primavera galesa. Hace calor y humedad. El deseo es un instinto que galopa a lomos de la abstinencia. La presencia de la joven hija del reverendo me hostiga continuamente.

 

     Tras muchas reticencias, y ante la necesidad de recolectar los alimentos necesarios para contener el avance del escorbuto, Orly me ha permitido cruzar la frontera. La idea de internarme en la isla me inquieta y a la vez me provoca una gran emoción. El instinto adormilado del científico se abre paso desechando las ínfulas del poeta, que sin duda prefiere permanecer en la playa desvelando las incógnitas que preñan el aire salado.

     El interior de la isla es boscoso; el perfil se vuelve airado a medida que avanzamos y los escarpes se elevan por encima de las copas de los árboles, mostrando una faz desolada no desvelada hasta el momento.   Esta claro que la vida de los indígenas se mantiene en equilibrio con el medio. No tienen armas, ni ofensivas ni defensivas. Los únicos utensilios que alcanzo a distinguir son los que emplean para cazar, pescar o recolectar frutos: cerbatanas, pértigas, nasas y unas curiosas ristras de anzuelos que sujetan a su cintura mientras recorren la orilla.

 

     El río Afon Dyfien  discurre pacífico entre alisos y sauces llorones. Al contrario que los ríos del Norte, en los que prolifera el salmón, es un río truchero. Pequeñas estelas, como lorigas plateadas trazando surcos en el lecho, bailotean entre las piedras del fondo. Berwyn es un pueblo de pescadores; la joven Emily disfruta de una tarde de picnic mientras me debato en franca competencia con varios vecinos. Todos ellos son más avezados que yo; el Támesis no es la mejor escuela para aprender pescar truchas. Nos saluda agitando la mano con indolencia; el movimiento describe un enigma antiguo como el tiempo; sin saber porqué arrojo el sedal con violencia. ¡Plop!, y el anzuelo se sumerge en las aguas prístinas del río.

 

     El efecto Föhn determina que cuando una corriente de aire choca con un relieve se eleva por la ladera de barlovento, para descender luego por la de sotavento. Al subir el aire se va enfriando, lo que produce precipitaciones. El aire descendente, sin humedad, es cálido y desecante.

     Al alcanzar la cima del collado, unos seiscientos metros a ojo de buen cubero, los hombres están derrengados. Desde lo alto se puede divisar la pequeña bahía que acoge al “Albatros” y la inmensidad que nos separa del mundo. Me siento pequeño. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, tengo miedo.

     Del otro lado el perfil se suaviza, el rostro agreste de la isla se transforma en un herbazal salpicado de chozas y empalizadas. La tierra parcelada me traslada al páramo galés. No quiero recordar, ahora no.

     Descendemos a lo largo de un sendero de tierra rojiza, surcado por encrucijadas que parecen aventadas a los cuatro puntos cardinales de la isla. En cada una de ellas observo estelas funerarias rodeadas de flores amarillas. Imagino un origen noble en las mismas; a menudo el valor de las personas se pierde enterrado entre sus propios huesos. ¿Es tal vez un vestigio de religión? ¿Amaran a Dios estos salvajes? Y si es así, ¿son hijos de nuestro Dios?

     Niños. No hay niños; no puedo evitar discurrir al respecto. Hay mujeres jóvenes en edad fértil y los hombres, aparentemente, son fuertes y sanos.

     El jefe de la aldea es un hombre enjuto y correoso. Me llama la atención el perfecto alineamiento de sus dientes y el brillo verdoso de sus ojos. Nos recibe en una especie de plaza circular y, si no he entendido mal sus gestos, nos invita a comer. Miro hacia atrás; la orografía oculta la bahía. Orly y los demás nos esperan, quizás les inquiete nuestra tardanza. O tal vez no.

 

     La parroquia al completo se reúne frente al altar del Afon Dyfien. Es un lugar secreto que, curiosamente, todo el mundo conoce. Como cada año, el solsticio de primavera provoca a los espíritus del bosque y a los cándidos donceles y doncellas. Las piedras mágicas pronuncian discursos milenarios y la tierra se abre recibiendo el esperma primigenio de la creación. Emily se une a un vertiginoso festival de color; desnuda, libre y sin ataduras. ¿Qué saben más allá de la cordillera? ¿Acaso no es el mismo Dios el que reclama nuestra atención? ¿Acaso no somos los mismos bajo otra convención?

     Emily se ha entregado a su destino. Mi pene ávido la ha invadido y he regado con la esencia del génesis su útero fértil.

      Un atardecer ocre, como de oro viejo, se abre paso sobre las aguas del río, sobre la piedra y las mentes abiertas.

 

     La noche se revela pacífica. Las sombras se diluyen sin violencia bajo la palidez de la luna y se concentran en torno a un fuego antiguo; el fulgor de los rescoldos levanta una miríada de volutas incandescentes a nuestro alrededor. Los hombres han bebido un mejunje verdoso y espeso; están ebrios. Yo apenas lo he probado, hace años que no pruebo el alcohol.

     El jefe resurge de su interior como un ser reencarnado en deidad. Sumidos en un trance obscuro, los indígenas murmuran una endecha que se pierde en mi cerebro como un gusano infecto que devora mis neuronas. Tengo hambre.

     Niños, no había niños. El vértigo me hace alucinar; una compaña de infantes se derrama, al son de una música ancestral, por las laderas mullidas del bosque que precede a la aldea.

     Carne viva para alimentar el alma de los impúberes. El corazón del contramaestre Gilles todavía late entre las manos del jefe cuando se lo entrega al joven de ojos verdes y mirada febril. Por un instante recuerdo de nuevo la Enciclopedia Británica. Quizás Marco Polo fuera más metódico de lo que yo pensaba.

 

 

 

 

Capítulo xiv de "fauces"

domingo, 11 de abril del 2010 a las 13:01

 

                                      XIV 

 

 

                                  HAMBRE

 

 

 

     Deseo estar en su pellejo. Cuando el viejo Ford amarillo se detuvo frente a la entrada de la Escuela Secundaria, Susana suspiró y puso cara de tonta; era la misma cara que exhibía sin pudor desde hacía dos meses.

     La chica rubia se llamaba Melinda; bajo los escalones como una actriz de cine, se movía como una sirena. Aquél culo sería la envidia de cualquier chica mortal; por un segundo imagino unas nalgas firmes, capaces de hacer rebotar sin problema una moneda de euro.

     El Ford amarillo carraspeó como un anciano tísico y se perdió al fondo de la alameda que conducía al acceso principal de la autovía. Susana corrió todo la rápido que se lo permitían sus rechonchas piernas. Se odió a sí misma otra vez; era una gorda, una gorda sebosa que nunca sería capaz de atraer la atención de una diosa como la chica rubia. Se apoyó en una señal de tráfico para recuperar el resuello. Aquella tarde ya no la vería más.

 

     Rondaba los dieciocho; era una chica paliducha con tendencia a tener granos; solía reventárselos frente al espejo del cuarto de baño, mientras el agua caliente formaba una nube de vaho que la calentaba por dentro y por fuera. Le gustaba quedarse allí durante mucho rato; a veces se dejaba llevar por las imágenes delirantes que rellenaban los huecos vacíos de su personalidad y se masturbaba pensando en Melinda, la chica rubia de sus sueños.

 

     Nestor conectó el sistema informático de su ordenador al Messenger. La ventana apareció parpadeando levemente.

     -¿Cómo estás? DDD. –Tecleó con rapidez. Tuvo que esperar un rato hasta obtener una respuesta al otro lado de la conexión.

     -Aburrida como una perra XD. –Leyó en la pantalla; eran letras azules y rosas, rodeadas de emoticones que parecían bailar alrededor del mensaje, haciendo muecas y carantoñas de todo tipo. -¿Y tú?

     -Igual. Esto es un coñazo. –Volvió a teclear. -¿Por qué no pones la cámara web?

     -¡Ja, ja, ja! Eres un cerdo. DDD. –Nestor se fijó en uno de aquellos emoticones. Era un bicho verde que sacaba la lengua y guiñaba el ojo de modo intermitente. –Está bien, pero no te acostumbres.

 

     La muchacha apareció al instante. Al fondo se podía distinguir una habitación en penumbra. Había cerrado la ventana y echado las cortinas; tan sólo la luz tenue de un flexo alumbraba la imagen.

     -Mira que estás buena. –Escribió con mano temblorosa. Tenía hambre, podía sentirlo. Su estómago se contraía en medio de unos dolorosos espasmos. Más abajo la sensación era de opresión y calor…mucho calor.

     La chica se incorporó y su rostro desapareció de repente por la parte superior de la pantalla. Tan sólo podía distinguir su torso casi desnudo. Se había levantado la camiseta hasta dejar los pequeños senos al aire. Sus manos se movían imitando la sensual danza de un reptil.

     Nestor echó el cuerpo para atrás; la tensión acumulada en su entrepierna le impedía casi respirar. Se abrió la bragueta y dejó llevar por su instinto.

     La muchacha se quitó las bragas y se acarició el pubis sin pudor. Duró apenas un par de minutos, lo justo para que ambos se desfogaran compulsivamente.

 

     -Ha estado muy bien. –Escribió Nestor; intentó buscar uno de aquellos emoticones, pero finalmente desistió.

     -Ya sabes que tienes que hacer, ¿no? –Leyó en la pantalla.

     -SIP… ¿en la misma cuenta de siempre? DDD

     -Eso es. Cincuenta euritos. Ahora me voy. XD.

 

     Se habían mudado tan sólo un par de meses antes. La nueva residencia era mucho más amplia y ventilada. Por fin tenía un bonito jardín y amplios ventanales desde los cuales podía contemplar el mar. La playa de La Alcaidesa se adivinaba como un pedazo de cielo que se hubiera derrumbado sobre la arena de la playa.

     Melinda salió de puntillas a la terraza; con la punta de los dedos sentía la leve rugosidad de la tarima de madera. Llevaba el pelo suelto, casi hasta la cintura. Era una cascada suave que se derramaba a lo largo de su espalda. Deseo sentir la cálida sensación de la arena entre sus dedos, así que no pudo reprimirse por más tiempo.

     Abrió la puerta de cristal que, desde la trasera, daba acceso a la playa; caminó por la arena con aire descuidado. La tarde decaía con el sopor del ocaso en otoño, tan sólo una pandilla de muchachos jugaba al fútbol a unos metros de ella. Sin mirarles supo que la observaban; no hubo comentarios.

     El temporal que azotó el Estrecho de Gibraltar la semana anterior, había sembrado de algas putrefactas la orilla. El olor que despedían se mezclaba con el aire salino pegándose a la pituitaria. Melinda camino un buen rato por la orilla, con los pies descalzos y la mirada perdida en la esquina del horizonte, donde el rebalaje parecía perderse en un punto diminuto y lejano.

     Estaba tan ensimismada que no se dio cuenta; el muchacho acababa de ponerse a su altura.

     -Hola.

     Melinda se detuvo sorprendida.

     -¿De dónde has salido? –Quiso saber mirando al extraño con sus ojos color miel.

     -Veras, estaba jugando al fútbol con mis colegas y no he podido evitar fijarme en ti. Si te molesto no tienes más que decirlo y me marchare. –Mintió Nestor.

     Melinda decidió perder cinco segundos en observar detenidamente a su repentino asaltante. No era gran cosa, y desde luego no era su tipo. Sin embargo había algo en su sonrisa que embaucaba. Pensó que tal vez podía darle la oportunidad de defenderse. Nunca se sabe.

     -¿Cómo te llamas? –Preguntó Nestor con aire inocente.

     -Me llamo Melinda. ¿Y tú?

     -Me llamo Nestor, ¿puedo invitarte a tomar algo? –Melinda sonrió ante el ofrecimiento.

     -Está bien, acepto. Pero sólo un refresco, mis padres me están esperando y se preocuparan si tardo demasiado en regresar a casa.

     -Por supuesto, no quiero causarte problemas con tus viejos…perdón, tus padres. –La cosa empezaba bien, el chico era educado, el tipo de chico que le puedes presentar a tus padres.

     Mientras se alejaban de la orilla en dirección a una coqueta cafetería situada en el paseo marítimo de La Alcaidesa, Nestor sintió como su estómago se retorcía hambriento. Tenía hambre, cada vez más hambre.

     La cafetería era un lugar acogedor, pequeño, pero acogedor. El salón estaba ocupado por varias mesas, lo suficientemente dispersas como para proteger la intimidad de los clientes. La camarera les observaba mientras se aproximaban a la barra.

     -Buenas tardes, Susana. Ponme una Pepsi. –Susana evitó cruzar su mirada con la de Melinda. Había tanto odio en ellos que difícilmente podría disimularlo.

     -Yo quiero otra. –Pidió Nestor, sin dejar de contemplar los carnosos labios de Melinda; eran como una flor al amanecer, justo antes de abrir sus pétalos.

     Conversaron durante un buen rato; Melinda se fue soltando poco a poco, confiada con el tono adulador y romántico de Nestor.

     -Tengo que irme ya. –Dijo con aire tristón; llevaban hablando más de una hora.

     -Claro. ¿Por qué no me das tu número de teléfono? A lo mejor podemos quedar para otro día, sin tantas prisas. –Sugirió Nestor.

     Melinda cogió una servilleta y garabateó algo en ella, después se la ofreció a Nestor con una sonrisa maliciosa bailoteando en su cara.

     -Llámame cuando quieras.

 

     Melinda bajó las escalinatas del la Escuela Secundaria como una actriz. El Talbot Horizont color oro la esperaba con el motor encendido; abrió la puerta del copiloto y saludó desenfadada.

     -Hola. –Nestor apartó un cojín de color desvaído para que la chica pudiera sentarse. El aire canalla de aquel cacharro despertó la curiosidad de la muchacha.

     -¿Dónde vamos? –Preguntó con aire inocente.

     -Donde tú quieras, preciosa. –Se había peinado cuidadosamente y tenía un aire intelectual poco habitual en él.

     Nestor condujo durante unos minutos por la autovía, en dirección a Algeciras; a la altura de un concesionario de la marca Peugeot, se desvió a lo largo de un carril que daba acceso a un residencial de chalets y adosados de reciente construcción. Pasó de largo hasta internarse en una zona de pinares alejada de la urbanización.

     Nestor se detuvo en un claro salpicado de barbacoas y merenderos. No había nadie a la vista.

     -¿Por qué me has traído aquí? –Preguntó Melinda; al girarse hacia Nestor mostró la tenue línea de su escote. Los pezones se le habían puesto duros por la tensión sexual y se notaban a través del tejido de la camisa.

     -¿Tú que crees? –Nestor deslizó su mano entre los muslos de Melinda; la chica dio un respingo.

     -¿No quieres? Sólo tienes que decírmelo y nos vamos. –Nestor arrancó de nuevo el motor del vehículo.

     -No, no. No es eso. Es que tienes las manos muy frías. –Melinda rodeó a Nestor con sus brazos; el pelo le olía a recién lavado y pudo sentir su respiración agitada.

     -Pon la mano aquí. –Sugirió Nestor con una risilla nerviosa.

     Melinda se dejó llevar y colocó su mano en la entrepierna de Nestor; tan sólo con el leve contacto, se estremeció visiblemente.

 

     A Susana no le resultó demasiado difícil seguirles. Estacionó la Vespa en un lugar apartado, detrás de un contenedor de basura, y se aproximó con cautela apostándose tras unas retamas.

     Advirtió los movimientos sincrónicos del Ford, promovidos por los cascados amortiguadores del vehículo.

     -Puta perra. –Masculló entre dientes. Se mordió los labios para no gritar, hasta que pudo notar el sabor metálico de la sangre colmándole la boca. Pugnando por no llorar se quitó de en medio corriendo, arrancó la Vespa y se perdió entre los pinos, nuevamente en dirección a la autovía.

 

 

 

 

 

Capítulo xiii de "fauces"

viernes, 02 de abril del 2010 a las 17:47

                                     XIII

 

 

                   CUESTIÓN DE PRINCIPIOS

 

 

 

     Había alquilado un pequeño piso en la barriada de San José Artesano; en un par de minutos podía acceder a la autovía y salir del Campo de Gibraltar si veía que la cosa se ponía fea.

     -Te estás tomando muchas preocupaciones por mí. ¿Te das cuenta que soy un cadáver? Deberías hacerle caso a Corzo, es un mamón, pero sabe lo que dice. –Celso Madariaga le echó un vistazo a su nuevo hogar. Por la ventana del patinillo se colaba el tachum-tachum característico de la música discotequera.

     -Aquí me voy a volver loco, Pablo. –Confesó sin reparos.

     -Será algo provisional. Hasta que se aclare el asunto del alijo. Tu casa de La Bajadilla estaba muy controlada; desde aquí podremos movernos sin levantar sospechas, al menos de momento. ¿Por dónde empezamos? Fauces nos lleva mucha ventaja. Su abogada se ha cerrado en banda; estoy seguro que sabe dónde se esconde. Quizás deberíamos ponerle un rabo, a ver que sale.

     Celso se desplomó en el sofá del escuálido salón y accionó el botón de encendido del mando a distancia del televisor.

     -¿Sabes, Pablo? Siempre supe que volvería a un lugar como éste.

     -Vamos, no te deprimas, no te pega nada. –Pablo se sentó junto a él y le puso la mano sobre la rodilla.

     -¿No estarás pensando en aprovecharte de mí a estas alturas?

     -Mejor me marcho; ya veo que no estás tan jodido como aparentas.

     -Échale un vistazo a la ficha penitenciaria de Fauces. A lo mejor podemos sacar algo en claro…no sé, un domicilio, su trabajo actual. Odio a ésos malditos burócratas; se preocupan más de proteger la intimidad de una alimaña como Fauces que de procurar la seguridad de sus víctimas.

     -Conozco a un tipo en la Oficina de Régimen de Botafuegos. A lo mejor puede echarnos un cable. Es de confianza. –Aseguró Pablo.

     -¿Un amiguito…tú no te ibas a casar? –Preguntó Celso con sorna. –Esta bien, pero no levantes la liebre; si puedes ve de incógnito. La cárcel es como un patio de vecinas, no quiero que Fauces se entere que vamos tras él… al menos de momento.

     -Te estás resbalando, Celso. Hazte un favor; cierra la boca antes que me arrepienta de haber confiado en ti.

     -Lo has hecho porque sabes que me necesitas. No seas tan condescendiente conmigo, no te pega.

 

     Tan sólo unos días antes habían incinerado a Carolina Sainz. Al igual que aquél día, la chimenea del cementerio expulsaba una sospechosa vaharada de humo grisáceo; Pablo Ibor se estremeció un instante, lo justo para perder de vista la línea continua de la carretera.

     Aparcó el vehículo en el espacio reservado para visitas, no quería dar el cante. Tras una breve charla con un agente de la Guardia Civil que paseaba por allí con aire descuidado, se dejó indicar por él.

     -Vaya usted a la oficina de accesos. El funcionario le dirá los trámites que debe cumplimentar para entrar en el Centro.

     -Muchas gracias, agente. –Pablo le guiñó el ojo al muchacho, el cual se hizo el despistado y continuó con sus labores de vigilancia. El todoterreno carraspeó y siguió su marcha pegado a la valla que delimitaba el perímetro de la penitenciaria. Aquello nunca fallaba; por norma general los hombres no se encuentran preparados para ser adulados por otro hombre. El subinspector Ibor había aprendido a sacarle partido a aquella ventaja.

     No tuvo la misma suerte con la funcionaria de prisiones que le atendió en la ventanilla de accesos.

     -¿No tiene usted su documento de colegiado? –Preguntó mientras se sacaba con descaro un chicle de la boca.

     -Pues no; he tenido que salir de Málaga a toda prisa esta mañana…

     -Pues entonces no va a ser posible. Necesito rellenar una ficha con todos sus datos, incluidos los profesionales… -La funcionaria le dio la espalda y siguió conversando con un compañero que se adivinaba entre las sombras provocadas por el cristal ahumado de la cabina.

     -Oiga, sigo aquí. –Le recriminó Pablo.

     -Ya sé que está usted ahí. ¿Qué parte de “no puede ser”, no ha entendido? –La joven había convertido la mala educación en una de sus mejores virtudes, tal vez la única.

     Pablo activó todos y cada uno de los engranajes de su cerebro; tenía exactamente quince segundos para reaccionar, de lo contrario aquella fulana se iba a salir con la suya.

     -Señora, necesito hablar con el Subdirector de Régimen esta mañana. Tengo aquí mismo una copia del auto mediante el cual el Juzgado de lo Penal número cinco de Algeciras ordena la puesta en libertad de mi cliente. Tiene fecha de hace cuatro días y aún no se ha consumado. Tal vez prefiere que informe directamente al Juez de Vigilancia Penitenciaria y le hable de su particular incompetencia.

     La chicharra emitió un quejido estridente antes que el mecanismo de apertura del rastrillo se pusiera en marcha.

     La funcionaria de prisiones ni siquiera levantó la cabeza de la consola de mandos. Pablo pasó junto a ella mirando de reojo, temiéndose que en cualquier momento su pequeña estratagema se fuera al traste.

     Prudencio Cortez era un hombre afilado y de mirada vivaracha. Hacía años que el Ministerio del Interior, a través de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias había prohibido el consumo de alcohol en los centros bajo su control, tanto en el ámbito laboral como en el espacio reservado al descanso de los funcionarios. Sin embargo el veterano funcionario había aprendido a componérselas para echarse un trago de vez en cuando.

     -Veo que las buenas costumbres nunca pasan de moda, ¿no es cierto Prudencio? – El Subdirector de Régimen se atragantó con el último chupito y miró de refilón por encima del hombro. Al ver planto tras él al subinspector Ibor respiró un poco más aliviado.

     -Joder, Pablo. Podías haberme avisado que venías.

     -Entonces no tendría gracia. Prudencio, necesito que me eches un cable en un asuntillo.

     -Malo. Hace más de dos años que no me diriges la palabra. ¿Qué cojones necesitas?

     -Vamos, vamos. No seas rencoroso. Sabes que aquello no fue nada personal; asuntos de trabajo y punto.

     -Sí, asuntos de trabajo. Pero a mí me metieron un puro de cojones. He necesitado chupar más de un polla para poder reconducir mi carrera. Claro está, renunciando a la dirección de un centro para los restos.

 

     Un par de años antes Prudencio Cortez era un destacado miembro de la dirección del Centro Penitenciario Sevilla 1. Aprovechándose de su condición de vocal permanente en la Junta de Tratamiento aceptaba sobornos a cambio de informes positivos en las vistas de revisión de grado. A través de conocidos abogados sevillanos favorecía la puesta en libertad y el paso a tercer grado de determinados internos con pudientes.

     El chivatazo de uno de ésos internos, descontento con el resultado de sus gestiones, acabó con el asunto en manos de la Brigada Anticorrupción de la Comisaría General de Andalucía Occidental. Concretamente en manos de un agente de incipiente carrera, el subinspector Pablo Ibor.

 

     -Necesito que vuelvas a las andadas. Pero esta vez por una buena causa.

     -Estás majara. ¿Cómo tienes los santos cojones de pedirme algo así? –Prudencio Cortez se había puesto rojo; tenía el rostro abotargado y a punto de reventar.

     -¿Recuerdas a Fauces? –Preguntó Pablo de sopetón.

     -¿Cómo me iba a olvidar de ése cabrón? Nestor Linás… ¿Qué pasa con él? Hace meses que se encuentra en tercer grado; su abogada consiguió que la Junta de Tratamiento le concediera integrarse en el plan de reinserción laboral para penados de la Junta de Andalucía. Un chollo…tratándose de un hijo de puta con él.

     -Quiero que me pases toda la información que tengas acerca de Linás y su plan de reinserción laboral. –Pablo procuró utilizar un tono firme, alejándose del imperativo, pero firme.

     Prudencio Cortez parecía haberse quedado pasmado. Se giró lentamente dándole la espalda al subinspector Ibor y se sirvió un chupito de whiskey.

     -¿Quieres uno?

     -No me has contestado, Prudencio. Es importante.

     -Buf… No te lo voy a negar, nada me agradaría más que ver a Linás en Puerto I. Allí es donde debería estar, con los FIES…o mejor en el patio con el resto de gremlins. Yo mismo me encargaría de buscar un par de fulanos que le dieran lo suyo.

     -Eso no será necesario, Prudencio. Dame la información que necesito y nosotros nos encargaremos de ponerlo a buen recaudo. Antes que vuelva a matar. –La noticia cayó sobre el Subdirector de Régimen de Botafuegos como un jarro de agua helada.

     -¿Matar…? –Balbuceó.

     -Sí, tenemos fundados motivos para creer que la joven asesinada la semana pasada en San José Artesano fue su última víctima.

     -Entiéndeme, Pablo; es una cuestión de principios. He cambiado. –Prudencio intentó salirse por la tangente.

     El subinspector Ibor miró de refilón el vaso de whiskey vacío.

     -¿Seguro? –Preguntó con ironía.

     Prudencio Cortez bajó los ojos avergonzado.

     -Hay cosas difíciles de cambiar. ¿No crees?

     -Ya. ¿Vas a ayudarme o no? El tiempo corre en nuestra contra.

     -Verás; siento tener que joderte tu bonita teoría. Desconozco los detalles sobre el asesinato de San José Artesano…es más, no quiero saberlos, pero hace ya un mes que Nestor Linás se pasea por ahí con una pulsera telemática en el tobillo. Veo bastante complicado que haya incumplido la cronografía que tiene asignada sin que hayan saltado las alarmas. No puede alejarse mucho de su lugar de residencia y cada quince días debe presentarse aquí para controlar que el funcionamiento del aparatito es correcto. Ya ves, tocado y hundido, subinspector.

     -Fauces es un tipo muy inteligente. Le creo capaz de averiguar el modo de sortear el control de la pulsera telemática. Por otro lado, si el último control lo pasó hace unos diez días, perfectamente podría ser el asesino de Carolina Sainz.

     -¿Burlar el control del dispositivo? ¡Venga hombre! ¿Quién cojones crees que es ése Fauces, el jodido 007?

     -¿Dónde trabaja?

     -Motel Yucatán; es un tugurio entre Algeciras y San Roque, junto a la Autovía de Málaga. Una última cosa, subinspector. Si mi nombre transciende de alguna manera, me encargaré de hundirte conmigo hasta que te ahogues en tu propia mierda, ¿has entendido?

     Pablo salió del despacho del Subinspector de Régimen con paso firme; pasó por alto sus amenazas, no era más que un borracho inmerso en su propio cataclismo personal. No había nada que temer…por un instante recordó a Celso.

 

 

 

 

 

 

Capítulo xii de "fauces"

viernes, 26 de marzo del 2010 a las 20:36

                                      Xii

 

 

                   FUERA DE CIRCULACIÓN

 

 

 

     -¿Quiero saber si estoy detenido? –Preguntó Celso, mientras se encendía un pitillo con parsimonia. Irusta torció el gesto; en el fondo sabía que no tenía pruebas suficientes para imputarle delito alguno. Sólo sospechas, indicios y poco más. Pero se resistía a soltar la presa así como así. Había esperado tanto tiempo.

     -Vamos, Celso. Cuéntame algo. Tú sabes igual que yo que estás metido en mierda hasta el cuello. La mora ésa no tardará en cantar; se ha caído con todo el equipo. No tienen nada que perder y sí mucho que ganar.

     -Vete al carajo, Irusta. –Madariaga dejó que una vaharada de humo azul ocultase su rostro durante un instante.

     -Aquí no se puede fumar.

     -¿No? ¿Y que vas a hacer para impedírmelo? Claro, se me olvidaba; te has vuelto a dejar los cojones en casa, como en Irún ¿verdad, Irusta?

 

     Estación de ferrocarriles de Irún, Enero de 1980.-

 

     La radio del vehículo oficial vomitaba datos de forma entrecortada. Un agente de la Guardia Civil acababa de ser tiroteado en las inmediaciones del cuartel de Vera de Bidasoa, en Navarra.

     -Ha sido aquí al lado. –Sugirió Celso, mientras terminaba de rebañar los restos de su última lata de sardinas. –Si nos ponemos en el puente de Behovia a lo mejor nos cruzamos con ésos cabrones.

     -Bah, mejor él que nosotros. –Irusta arrancó el coche y se dispuso a abandonar el apostadero. Llevaban más de dos horas en el mismo cruce; cerca de la estación de ferrocarriles y la carretera de San Sebastián.

     -No nos han ordenado levantar el control. –Indicó Celso, extrañado ante la actitud de su compañero.

     -¿Y…? ¿No pretenderás quedarte aquí toda la noche? Aquí somos un blanco perfecto, mejor nos movemos.

     De repente se hizo de día. Una explosión, seguida de una terrible deflagración les impulsó hacia el otro lado de la calzada. El vehículo, convertido en un amasijo de hierros se había quedado panza arriba.

     -¿Estás bien Irusta, estás bien? –Pero Irusta no podía oírle, a rastras había conseguido escapar del coche y corría a ciegas por la carretera.

     -¡Ayúdame, cabrón! ¡Esto va a explotar! –Los gritos de Celso se perdían en la noche, a lo lejos se mezclaban con las sirenas de los coches policiales y las ambulancias.

 

     -Siempre supe que eras una maricona mala. –Escupió de nuevo Madariaga.

     -Sabes que te digo, Celso. Sí, estás detenido; tengo setenta y dos horas para joderte vivo y no voy a renunciar a ellas.

     Celso se incorporó y estiró las muñecas.

     -Pues venga, ponme los grilletes, ¿o tampoco tienes cojones para eso?

 

 

 

     -No puede usted permitirlo, señor Comisario. –La noticia había sorprendido a Ibor justo al llegar a la Comisaría.

     -¿Cómo qué no? Se lo ha ganado a pulso. Pablo,  entre usted y yo; haría bien en buscarse otro compañero. Yo mismo puedo hacer las gestiones…mañana mismo puede empezar en el Equipo de Inspección para la Seguridad Privada. Es un trabajo fácil y muy reconocido…en todos los aspectos. Tiene usted mucho futuro, Pablo, mucho. No debería desperdiciarlo al lado de un tipo como Madariaga.

 

     A tomar por culo con el futuro. Celso era un hijo de puta homófobo, además de un montón de cosas más, pero era su compañero. Le había visto defenderle contra corriente, siempre a sus espaldas, y no estaba dispuesto a dejarle en la estacada.

     -Te has metido en un lío.

     -Tráeme un café y déjate de monsergas. Es lo último que necesito ahora.

     -De acuerdo. Pero que conste que te creo. Sé que serías incapaz de poner el cazo. –Ibor se dispuso a abandonar la sala de interrogatorios.

     -Ha vuelto, Pablo. Cázale antes que vuelva a matar…porque volverá a hacerlo, puedes estar seguro. –Pablo se detuvo. Había olvidado por completo la imagen del cuerpo desgarrado de Carolina Sanz.

     -Mierda, Celso. Tú eres el único que puede meterle mano al asunto de Fauces. Conoces a ése tipo como si fuera de tu familia…quizás mejor. –El subinspector Ibor estaba en un apuro; por mucho que quisiera carecía de recursos para cazar a Fauces. Él era metódico, escrupuloso, todo un talento en ciernes… Para dar caza a Nestor Linás había que ser intuitivo, una bestia capaz de seguir el rastro de una alimaña. Había que ser Celso.

     -No puedo hacerlo solo, Celso. Te necesito. –Reconoció Pablo con resignación.

     -Pues lo tienes jodido, rubio. No creo que a Irusta le haga mucha gracia verme meter las narices en un caso oficial. Te recuerdo que estoy oficialmente separado del servicio.

     -A la mierda Irusta. –Celso sonrió; era la primera vez en mucho tiempo que sentía algo más que aprecio por aquél muchacho.

     -Hay que admitir que tienes cojones, maricón. –Pablo pasó de largo el comentario de Madariaga. Tenían cosas más importantes de las que preocuparse.

 

 

     Elida se arqueó como la cuerda de un arco; estaba a punto de tener un orgasmo cuando sonó el timbre de la puerta.

     -No te pares ahora. –Gimió con la respiración descontrolada.

     El tipo de turno la volteó y se dispuso a montarla con violencia. En la puerta, el inoportuno visitante insistía cada vez más.

     -¡Joder! ¡Así no hay quién eche un polvo! –Elidia se deshizo del tipo y saltó de la cama. Con aire insultante se calzó los vaqueros que había dejado tirados en medio de la habitación.

     -Ya te puedes largar. La fiesta se ha terminado. –Escupió con vehemencia mientras salía del cuarto.

     Miró por la mirilla de la puerta y descubrió que Ion esperaba con aire resignado, apoyado en la balaustrada del porche. Abrió la puerta y se encaró con él.

     -¿Cuántas veces te he dicho que llames antes de venir?

     -Lo siento jefa. Le he llamado mil veces. Apagado o fuera de cobertura. –Ion se encogió de hombros.

     Elidia recordó de repente como su teléfono móvil había acabado su vida útil la noche anterior, en circunstancias poco claras.

     -Claro, claro. En fin, ya da igual. ¿Qué tripa se te ha roto?

     -¿No me invita a desayunar, jefa? No como nada desde anoche.

      -Anda que no tienes morro ni nada. Espérame aquí.

 

     A Elidia Gaztañaga se gustaba aquél sitio. Podría decirse que era uno de tantos, con aire serrano, ladrillos vistos y extraños artilugios colgados por las paredes; pero para Elidia tenía algo más, una extraña sensación familiar que le acompañaba desde hacía más de dos años.

     -Buenos días Juan, lo de siempre. Y éste que pida lo que quiera.

     -Marchando. –Juan era un tipo gracioso. Los asiduos le llamaban Sadam, por el increíble parecido que tenía con el dictador iraquí. Se desplazaba entre las mesas con movimientos eléctricos, repartiendo saludos y comentarios empalagosos y pelotas. Era el negocio.

     -Bueno, Ion. ¿Qué tienes para mí? –Elidia vertió un generoso chorro de aceite de oliva en la rebanada de pan moreno que Juan le había plantado delante.

     -Anoche estuve en Marbella. Nuestro amigo se está moviendo.

     -¿Y…?

     -Algo va mal. Me lo dice ésta. –Ion se tocó la nariz con la punta del dedo.

     -Ya. ¿Podrías ser más claro? –Elidia empezaba a impacientarse. –Tengo un juicio de faltas a las once de la mañana. Me gustaría llegar a tiempo, para variar.

     -Ha estado hablando con unos rusos…de la mafia, ¿comprendes? –Ion se estaba poniendo de lo más pesado.

     -Comprendo... ¿De qué va todo?

     -Yo creo que piensa quitarse de en medio.

     Elidia se tragó sin masticar un bocado de tostada. No podía permitir que aquél cabrón la dejase en la estacada. Había pasado más de medio año preparando su defensa, presentando recursos de casación e instancias a las autoridades penitenciarias. Decenas de visitas a la Junta de Tratamiento del Centro Penitenciario de Sevilla para conseguir que fuera trasladado a Algeciras, varias entrevistas con el Subdirector de Régimen de Botafuegos para que Nestor Linás fuera admitido en el programa de reinserción laboral para presos en tercer grado. Si Linás huía de la justicia sería el hazmerreír de la profesión. Nadie volvería a recurrir a sus servicios jamás. Al menos nadie con un caso en condiciones; Elidia no estaba dispuesta a pasar el resto de su vida defendiendo culeros y mulas de la droga.

     -¿Dónde está ahora? –Preguntó inquieta.

     -Ése es el problema. No tengo ni idea; llevo un día entero apostado frente al Yucatán, pero no aparece.

     -Sigue con ello. Se quién puede ayudarnos a dar con él. –Elidia terminó de devorar el desayuno. Ion se tomó un café a palo seco y la dejó sola.

 

 

 

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